Susana Cendán
“Todo tiene que ver con los monstruos”
art.es international contemporary art, enero 2013, nº 53-54, pp. 78-86.

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Pero también con la muerte.  Al menos eso es lo que presentimos al contemplar la última exposición de una de las creadoras más extraordinarias del panorama español reciente, Marina Núñez (Palencia, 1966), presente en la Capilla del Museo Patio Herreriano (Valladolid, España). Bajo el título El infierno son nosotros, la exposición parte de una afirmación de Sartre según la cual el infierno está en la mirada del otro, juicio que nos condiciona y, de alguna manera, alienta nuestros temores a la otredad, a considerar la diferencia, la anomalía, de manera estereotipada y tópica. Pero traspasemos la barrera protectora del arte por un instante, ¿quién puede ejercer la normalidad en un país en el que ésta resulta ser la excepción? Entre tanto demagogo, mediocre, retrógrado, mentiroso, chulo, pijo y sinvergüenza muchos desearían trasladarse a alguno de los espacios virtuales creados por Marina y suplicarle a sus ciborgs que nos rediman. Ahora, más que nunca, esas extrañas criaturas, a pesar de sus neuronas de fibra óptica y sus amenazadoras anatomías, se nos muestran excitantemente prometedoras. Quizá haya llegado el tiempo en el que éstas puedan ejercer un cambio sutil e inconsciente en nosotros, en términos de interacción real con la diferencia. Al menos, a ellos no haría falta rasgarles la piel, como a los pérfidos reptiles de la serie de televisión V, para descubrir qué hay realmente detrás de su/nuestra sobreestimada normalidad.

Han pasado casi 20 años desde que esta grandísima pintora, a la que le angustiaban sus aptitudes para realizar  una pintura “bien hecha”, nos sorprendió con sus series constructivas sobre la representación de la diferencia. Locas, monstruas, sudarios, medusas… elaboradas con una técnica realista capaz de atrapar al espectador ingenuo, el cualno tardaba mucho en apreciar la trampa: evidentemente, no se trataba sólo de una artista dotada de un buen oficio, o de una reflexión superficial, sino de la construcción de “una compleja visión del mundo” que, como inteligentemente apunta Bárbara Rose en el catálogo[1] de la exposición que le dedicó el Centre del Carme (Valencia, España, 2010) “reflexione sobre nuestra concepción del mundo, alterada por una variedad de formas de hibridación en ciencia, literatura, cine, pintura y arquitectura”.

Una particular percepción del mundo que ha ido creciendo intelectualmente dentro de un marco teórico sólido y polivalente. Conocemos su faceta de lectora apasionada de géneros próximos a la ciencia ficción, la literatura gótica y satírica del siglo XIX y XX, pero también a una escrutadora implacable, no sólo de la actualidad, la historia canónica o los discursos patriarcales restrictivos, sino de aquellas teorías feministas que, desde la ortodoxia, continúan concibiendo la batalla entre sexos como una guerra perpetua de sometimiento y opresión, obviando los intersticios por los que se suelen colar las “diferencias” que, precisamente, enriquecen nuestra alteridad y percepción del mundo. Marina Núñez se crece en el debate dialéctico, sabe esquivar hábilmente la demagogia, un recurso hiperpresente en nuestra apaleada sociedad, sobresaturada de respuestas fáciles que nos “enanizan” intelectualmente.

De sus inicios me entusiasman las monstruas. Sin embargo sé que no debería añorarlas porque éstas permanecen entre nosotros. Todo sigue teniendo que ver con los monstruos. Quizá su presentación se ha ido complejizando por la utilización de sofisticados medios digitales cuyo resultado es un lenguaje de gran potencia plástica. Pero el arte, el arte de Marina Núñez, sigue proporcionándonos una estimulante vía de escape que nos permite imaginar una sociedad integradora cuyo descubrimiento constituye un desafío excitante que muy pocos se atreverían a aceptar. Marina refleja y acoge la diversidad sin juzgarla, revisando y reescribiendo conceptos anquilosados.

En muchos aspectos, y a pesar de las diferencias obvias en términos formales y de trayectoria vital, su trabajo presenta ciertas similitudes con el de una artista vibrante que, no sólo vivió la diferencia, sino que ella misma lo fue. Leonora Carrington, en sus maravillosas Memorias de abajo[2], narra su particular descenso a los infiernos en un manicomio de Santander (España) a comienzos de los años 40. ¿Alguien se puede imaginar lo que pudo ser aquello? Una experiencia que la marcó y redimió en partes iguales, pues la artista supo rentabilizar emocionalmente su viaje al “lado oscuro” abriendo pequeñas brechas a la cordura o, mejor dicho, a una “cordura poética” que haría de ella una de las autoras más originales y escurridizas de la historia del arte. Leonora no sólo navegó por los márgenes, sino que los reescribió, creando un territorio híbrido en el que, como en el caso de Marina, las identidades múltiples conviven en un contexto de normalidad.

Ni Leonora Carrington, y mucho menos Marina Núñez (relacionada con el surrealismo[3] en numerosos escritos), aceptarían el papel de “musas pasivas” al servicio de la mirada lasciva y manipuladora de sus coetáneos masculinos. El diván, en todo caso, les serviría a estas dos extraordinarias mujeres para reflexionar sobre los abusos que los autores surrealistas han hecho del cuerpo femenino, entendido como un simple objeto de deseo, decadente y libidinoso. La recontextualización de los discursos históricos tradicionales se nos antoja una tarea ardua e interminable…

Quizá, una de las obras de Marina Núñez que mejor recoge la idea de una sociedad integradora de múltiples identidades sea Multiplicidad (2006), un vídeo en el que, como manifiesta Iñaki Álvarez en el interesante texto del catálogo[4] de la exposición en la Sala Rekalde (Bilbao, España), “…el ojo que Marina Núñez nos presenta parpadea, se mueve el Universo y con él, surgen multitud de visiones abstractas y reales a la vez, que vuelven a reproducirse y engullirse en una suerte de fagocitosis que alimenta  y construye la identidad del ser, la psique, el alma, y el propio cuerpo-materia como ente independiente y único que durante el trayecto elabora su propio mapa”.

Se mueve el Universo y lo hace en una realidad sin presencia humana de hombres. No porque, como en el caso de Leonora Carrington[5], éstos se sitúen en lo más bajo de sus preferencias, sino porque, como en el personaje de Ocaso (2007), podemos presentir, desde lo más profundo de su convulsa humanidad, su capacidad para sentir, padecer, amar… Su mirada, aún en las circunstancias más adversas, abre un espacio para un tiempo nuevo y extrañamente hermoso.

 


[1] Bárbara Rose, El mundo está demasiado con nosotros, en Marina Núñez. Demasiado mundo, Centre del Carme, Valencia, Mayo-junio, 2010, p. 41.

[2] Leonora Carrington, Memorias de abajo, Ed Siruela, Madrid, 1991.

[3] Marina Núñez, Sin razón, Ed del Lunar – Investigaciones Surrealistas, Jaén, 2008.

[4]  Tapar para ver o “El ojo vago”, Ed Sala Rekalde, Bilbao, Marzo-Mayo, 2011, p. 20.

[5] Supongo que aguantar el ego de Max Ernst tiene sus consecuencias.